ESPACIO THOT

Un espacio de reflexión, información y cuando se puede un poco de humor – Por Marina Pagnutti.

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Pechito

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Alejando Ferreiro dictaba su documento, pero en el barrio lo conocían como Pechito. Algunos más desapegados lo llamaban el linyera simpático, o simplemente el ¨sin techo¨ de Scalabrini Ortiz y Santa Fé que tenía un par de baldosas ocupadas con colchones, televisores y un minicomponente. Y ya dejó físicamente este mundo, y sin él quedaron sus dos perros en la ciudad: Galo y Pechín, sus inseparables amigos y familia.
Era joven, sí, pero su futuro no era promisorio como el de otros jóvenes, porque él vivía en la calle y estaba más desprotegido que otros. Sin embargo, durante doce años se ganó el corazón y la simpatía de los vecinos de Palermo. Barrio particular si los hay por sus habitantes y sus peculiares características espasmódicas.
Durante años Pechito fue instalándose en la esquina, y fue capturando la atención de los transeúntes extranjeros y de los curiosos furtivos. Cantaba Karaoke con una peluca rizada y en un tono sandresco, mezcla de carisma natural fusionado en ocasiones con alguna bebida espirituosa. Le cantaba a quien lo miraba a los ojos, y se esforzaba aún más si su mirada coincidía con la de alguna chica que pasaba a su lado. Tenía una gracia particular y así lo demostraba todos los días.
Pero un día Alejandro se sintió mal, se enfermó y allí comenzó su pesar. La desidia de los funcionarios de la ciudad quedó expuesta acelerando su fatídico final, quedando a la vista la frialdad e irresponsabilidad de sus manejos mancomunados con un sistema de salud público que se dedica a seleccionar la cara de los enfermos para atender. Pechito soportó los embates del destino hasta que su luz se apagó dejando una huella indeleble en el lugar.
¿Que loco no? Jamás imaginé que un ¨sin techo¨ marcara las portadas de los principales diarios del país, ni que los canales de televisión registraran su historia de vida. También pienso que quienes viven en la calle por distintos motivos y hacen del asfalto su hogar no es justo que terminen allí, pero más me llama la atención la relación de la gente con ellos. Muchas veces pasaba por sus metros cuadrados públicos/privados y me decía, qué bueno que la gente le brinde un poco de bienestar. Porque los vecinos y comerciantes le regalaban objetos, la mayoría por supuesto le aportaban cosas de las cuales se desprendían y tenían de más. Eran en un punto solidarios con su indefensión, pero ¿alguno lo habrá llevado a su casa para brindarle un plato de comida? ¿Cuántos activamente intentaron sacarlo de la intemperie y alojarlo con sus amigos del alma? Tal vez muchos. Tal vez pocos. O ninguno. Ni planteo un solo interrogante con las autoridades, porque lo que han hecho con él y con otros tantos que están en su misma condición es obsceno, inoperante, y hasta bestial.
Pero son muchas las lecciones que éste mártir por destino o vocación le dio a la sociedad, y que cada uno evaluará cuáles fueron. Pero lo que más lamento es que siempre tengamos que aprender con el dolor o con la muerte de algún inocente a detectar las miserias e indiferencias de una sociedad inmadura, que a veces ayuda tímidamente para no sentir culpa, y otras tantas baja la mirada hacia un sucio y estrecho ombligo.

MP.

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Written by elthot

septiembre 9, 2013 at 2:40 AM