ESPACIO THOT

Un espacio de reflexión, información y cuando se puede un poco de humor – Por Marina Pagnutti.

Crónica de una normal inadaptada (4)

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7.30 – Un Mundo Mágico de palos y basura

Mi amanecer fue de terror. Y esta vez adelanto que el pie izquierdo no tuvo la culpa. Sino que un violento cachetazo oral, proveniente del exterior, a metros de mi ventana llegó a mis oídos como navaja brava.
Una mezcla de alaridos orientales, insultos criollos, con ladridos y roturas de vidrios, alteraron mi primera mañana.

-¡Cuántas veces te dije que esa basula no es mía! ¡Por qué la ponés ahí! ¡Me tenés halto, haltoooooooo, sacalaaaa ya! -lanza endemoniado mi vecino oriental, dueño de Mundo Mágico, un negocio de esparcimiento infantil que linda con mi edificio.

La furia china tenía un objetivo claro y el destinatario era mi portero.

Es complejo iniciar a tempranas horas un diálogo en profundidad con una misma. Todavía no se entiende si se está ante una prórroga extendida por Morfeo, en un bonus track, en un episodio crucial de ‘Elige tu propia aventura’ -con altas chances de elegir el camino a la perdición-, o realmente estás escuchando el grotesco espacio compartido entre los otros y tu vida. La pura y más insalubre realidad.
Entonces, ¿qué fue lo primero que atiné a hacer? Con el estómago vacío, la cabeza alborotada, la verdad que no mucho. Más bien me dediqué a observar.
Prendo la caja boba y ubico el canal que muestra la calle, la entrada y escenario perfecto que registrará uno de los hitos célebres del cine barrial.

-¿Otra vez este hombre está en el ojo de la tormenta? -pienso sobre el portero.
-Pero este chino está muy loco. ¿Qué le pasa?
-¿El encargado se le habrá insinuado a la mujer de ojos rasgados? -me pregunto, en estos tiempos de fusiones amorosas.
– ¿El chino y la china experimentan una crisis emocional, y evitan enfrentar una sesión conyugal tomando al pobre portero como chivo expiatorio?

No lo sé. A duras penas convivo conmigo, menos puedo entender que tiene un oriental en su cabeza.

Acto seguido. Se viven 15 minutos de extrema tensión. El chino culpa al portero por dejarle la basura en la puerta de su casa y el portero contesta que esa bolsa nunca la dejó allí. No se entienden, se odian un poco, se amenazan. Una riña de gallos malevos tratando de conquistar el poder en la cuadra.
Luego, entra la china en acción…

– Eh vos, ¿qué?… ¿me vas a pegal?, ¡poco homble!
– Señora, qué está diciendo -contesta azorado el empleado.
– Dale, vení… -provoca la mujer.

Dos contra uno no es justo. Con poca velocidad de respuesta al sorpresivo tsunami, el encargado atina a decir

-Mejor que no vea a tu perro cerca. ¿Entendiste? A ver si le pasa algo -amenaza.

En ese instante el chino retoma la posta, busca la bolsa, toma impulso y como escupitajo de guanaco, arroja la basura en la entrada (logré distinguir unos bidones de Espadol, unas latas y algunos envases de gaseosa).
Antes de embocarlo, el portero ni lo duda. Toma su arma -la más letal que posee- el secador de piso y se lanza como espadachín a la tarima.
Y tan simple, tan delgado como se ve, ese palo que solo es contenido por una goma recta en su extremo, de pronto se convierte en la punta de lanza de un avezado cazador.
Es ahí, en el punto más comprometido de la batalla, que la china y su perro entienden que en esta pelea, solo por única vez, los hombres son quienes instalan las reglas y deciden enloquecer solitos.
Resultado: El chino se desquitó un poco. El portero lo amenazó y lo echó. Y sentaron jurisprudencia vecinal. Casi un empate técnico.
Raro despertarse así. Si me cuesta arrancar un día normal, ni hablar de esta manera. ¿Salgo a quejarme por ruidos molestos? -especulo por un momento-
No, mejor no, me van a tratar de inadaptada. Preparo mi desayuno y listo.
Gracias a mi vecino, creo que un buen té verde me vendría excelente. Hoy, pude comprobar las propiedades energizantes de la infusión. Algo mágico. A las pruebas me remito.

18.30 –  La justa mordida

Lluvia torrencial por Palermo. De esas que no paran durante media hora y a la cual estamos sumamente agradecidos todos (incluida) a la mano industrial y al recalentamiento global.
Plena avenida Santa Fe, a metros de calle Armenia. Un encargado de edificio (otro) se encuentra limpiando como todas las tardes. Se dispone a baldear la vereda -bastante sucia- con cuanto producto encuentre; para luego, continuar retocando el interior del palier. Pasa una y otra vez el trapo, lo deja lustroso radiante, sequito lindo para que nadie se resbale. Todo un ejemplo del buen aseo.
Pero, al cabo de cinco minutos, uno de los tantos habitantes del lugar hace su ingreso. Un chino (que es otro) con los zapatos mojados y enchastrados de barro, pasea orondo por el largo pasillo, sin reparar en la impoluta limpieza.
El portero, amablemente, le pide que se quite los zapatos o que se los limpie sobre un trapo antes de entrar. El chino se rehúsa. Se lo reitera de buenos modos, hasta que irremediablemente llega el insulto nuestro de todos los benditos días. Puteadas de aquí y del más allá.
Por segunda vez en la jornada, el secador, esa arma de doble función entre la limpieza y la defensa, aguarda estática sobre la pared.
Pero, con la precisión que otorga la cultura milenaria, la locura asiática es liberada de manera estrepitosa sobre el cuerpo del encargado, haciendo foco en una de sus extremidades. Lo que el cuidador de edificios no imagina, es que el descendiente de la dinastía Ming utilice una popular herramienta conocida por todos, pero que nadie manipula como él.
Sin preámbulos y directo al grano, el muchacho de ojitos planos abrió su boca y apuntando al brazo asalariado lo mordió con furia, dejando impresa una radiografía de su fuerte dentadura. Sin duda un giro inesperado, creativo y digno de estudio.
Luego llegó la denuncia policial. Amonestaciones para uno y miramientos para el otro.

Me pregunto si la soja y el arroz son suficientes para nutrir y fortalecer esos blancos dientes. Más tarde me pido un chow fan.

A esta altura, supongo que la fusión cultural tendría que canalizarse por otra vía. O como siempre, mi falta de adaptación no comprende la evolución del mundo.
De todos modos, creo que unas intensas clases de manejo de secador no vendrían nada mal, y ejercitar la dentadura tres veces por semana ayudaría a evitar futuras agresiones.

Permiso. Voy a llamar al encargado. Ya vuelvo.

(Autor: MP)

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Written by elthot

febrero 21, 2010 a 7:57 PM

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